El niño que vivió, otra vez #1. Releyendo Harry Potter y la piedra filosofal.

Nivel de spoilers: alto, altísimo. En serio, extremadamente alto. Pero, ¿quién no ha leído Harry Potter?

Llevaba varios meses echando ojeadas furtivas a la librería y pensando, sí, sería fácil, sería cómodo y apetecible echarle un vistazo a alguno de mis libros de Harry Potter. O, mejor, obsesiva como soy: sería divertido releer la saga entera desde el principio, algo que he hecho… Creo que dos veces en mi vida, la última justo antes de la edición del último libro. Y ese lo leí en… ¡2007! ¿Es posible que hayan pasado SIETE AÑOS desde que recibí mi edición para adultos de Bloomsbury (qué preciosidad) de Harry Potter and the Deathly Hallows y lo leí en apenas dos días, intentando alargarlo todo lo posible…?

HP1Siete años parecía un periodo prudencial para sumergirse de nuevo en el universo mágico de J. K. Rowling. Y la época es propicia. Final de curso, mes de cierre de proyectos en el trabajo. Salud: temblorosa. Una época muy difícil me ha dejado apenas en pie y lo cómodo, lo fácil, lo divertido, parecen una buena opción.

Y volver a encontrarse con viejos amigos muy queridos parece bastante terapéutico.

Y, eso nadie puede negarlo, J. K. Rowling es una excelente, deliciosa escritora, en una época en la que sentarse otra vez a escribir parece una tarea ardua y difícil.

Así que me he zambullido de cabeza. Ese razonamiento que habéis leído ha llegado después. La realidad ha sido más sencilla. Una pregunta: ¿qué te apetece leer? Y una respuesta, murmurada enfurruñada desde la cama: Harry Potter. Y Harry Potter empieza, como todos sabéis muy bien, en el número 4 de Privet Drive, en una de las mejores escenas de toda la saga. Nocturno en una calle residencial, tras un día en el que un par de elementos extraordinarios han alterado la rutina cotidiana. Lechuzas, fuegos artificiales en pleno día. Una gata espera sentada junto al cartel de la calle: “mi querida profesora McGonagall, jamás vi un gato tan tieso”. Parafraseo. (Gretel no es consciente de lo cerca que estuvo de llamarse Minerva McGonagall).

Una de las cosas que más me gustan de J. K. Rowling, junto con sus estupendos diálogos, sus personajes carismáticos y su capacidad de sorprenderme, es lo extraordinariamente bien planificadas que están sus novelas. Es cierto que algunas cosas cambiaron en el panorama general. Personajes que deberían haber muerto sobrevivieron, y viceversa. Ron (mi personaje favorito, aunque releyendo me doy cuenta ahora de lo obtuso y cruel que es a veces) estuvo, por lo visto, muy cerca de quedarse en el camino. Lupin iba a ser el último merodeador vivo. Pero el hilo conductor, los detalles que convierten a Harry Potter en un reloj, de principio a fin, están delineados desde el principio, desde que en la página 20, edición española, Hagrid menciona que ha llegado volando en la moto de Sirius Black (una referencia que no cobra sentido hasta más de tres años después, en la tercera novela, cuando descubrimos que Sirius Black fue el primero en llegar a la escena del crimen; la cosa es que J. K. Rowling ya lo sabía). Ejemplos de esta planificación están diseminados en todos los libros. Recuerdo que, ya avanzada la saga, lo que más me divertía era atar cabos: el diario de Riddle (libro 2), que resulta ser el primer Horrocrux (libro 6); el colgante de ópalos de Borgin y Burkes (libro 2), que Draco utiliza para intentar matar a Dumbledore (libro 6); el guardapelo de la casa de los Black que nadie puede abrir (libro 5), otro Horrocrux escondido (libro 7); el puesto maldito de profesor de Defensa contra las Artes Oscuras (libro 1), maldito desde que a Tom Riddle no le permitieron desempeñarlo (libro 6)… y así, todo.

Visto en conjunto, Harry Potter y la piedra filosofal, con sus apenas 300 páginas, es sólo un punto de partida, una muy bien escrita primera entrega de algo que no llega a ser grande hasta un par de novelas después. Pero apunta maneras. Está todo ahí: la entrada al universo mágico, que funciona precisamente porque está anclado en la realidad. Las referencias al Ministerio de Magia, los personajes fundamentales: Hagrid, la figura paterna que abre y cierra la historia de Harry; mi adorada familia Weasley al completo (con la posible excepción de Percy, que no llega a gustarme porque he tenido la desgracia de conocer a unos cuantos); Neville Longbottom, el niño que pudo ser y no fue; Snape, por supuesto, siempre Snape, que nos tuvo colgando de un hilo hasta el mismísimo final (y qué final; recuerdo, en mi primer viaje a Nueva York, entre las entregas 6 y 7, pasear por la librería Borders de la Quinta Avenida y cruzarme con lectores que llevaban insignias prendidas de la ropa, en las que se leía: “Snape, ¿friend or foe?”).

Snape friend or foe

También tiene sus problemas: esa repetitiva estructura, que sólo varía un poquito en el libro 7: casa de los Dursley, conflicto, tren y llegada a Hogwarts, misterio, ¡sorpresa!, Dumbledore lo explica todo. Fin.

Y Harry. Harry, que puede ser insoportable o anodino, siempre quejándose, y que es un lienzo en blanco, como el Cloud de Final Fantasy VII. 

Stephen King sobre Harry PotterA pesar de todo, es un digno comienzo de saga. Mucho más digno que El pistolero, del fan confeso de Rowling Stephen King, por nombrar una saga de novelas con calidad literaria. Pero King y Rowling son opuestos en su forma de escribir. La primera planea hasta el último detalle, hasta el punto de que algunos aún esperamos con ansia esa enciclopedia en la que vuelque todo lo que no nos ha contado (y que a veces aparece en Pottermore). El segundo empieza y sigue adelante, página a página, buscando sorprenderse a sí mismo antes que a nadie. Y a veces funciona, y a veces no.

Pero me sorprendió, me sorprendió mucho. Me dejé atrapar por la mística de Hogwarts y sus cuatro casas, por su genial rutina estudiantil, por sus giros. Ese “Era Quirrell” me dejó de piedra y me hizo retroceder, buscando las pistas…

Llegué a La cámara secreta completamente entusiasmada, y para cuando leí El prisionero de Azkaban ya no había vuelta atrás.

Leí La piedra filosofal de prestado, cuando los tres primeros libros ya estaban en el mercado y el cuarto estaba a punto de salir. La magia me atrapó, y la realidad de ese mundo (con sus brotes de racismo, su gobierno autoritario, sus medios de comunicación manipuladores) me enganchó sin remedio. Me creí demasiado mayor para ellos (esas portadas de Salamandra me echaban para atrás), y me equivoqué. Espero, sinceramente, no ser nunca demasiado mayor para Harry Potter.