El ponche mágico, de Michael Ende

-Contemplado desde la eternidad, mis pequeños amigos, el mal presenta un aspecto completamente diferente que en el reino del tiempo. Allí se ve que, a fin de cuentas, siempre tiene que estar al servicio del bien. Es, por así decir, una contradicción en sí mismo. Busca siempre el poder sobre el bien, pero no puede existir sin el bien, y si alguna vez consiguiera el poder completo, tendría que destruir aquello sobre lo que anhela tener poder. Por eso, amigos, sólo puede durar mientras es incompleto. Si fuera pleno, se desintegraría por sí mismo. Por eso no tiene cabida en la eternidad. Eterno sólo es el bien, que pervive sin contradicción…

-¡Oiga! -gritó Jacobo Osadías, y tiró con el pico de la capa dorada-. No me lo tome a mal, Reverendo, pero ahora todo eso me importa un bledo. Cuando usted termine con su fielosofía, será demasiado tarde. 

Hace poco llevé a cabo una tarea titánica en mi casa, que disfruté enormemente: ordené cuidadosamente los libros de mis estanterías, para hacer hueco a algunos nuevos, aprovechar el espacio al máximo, y vaciar una balda en la que colocar las diversas figuras que componen mi colección. Fue una tarea difícil, porque, como el espacio en nuestro piso es limitado, no me quedó más remedio que seleccionar y escoger unos cuantos libros que no son de primera necesidad, para llevarlos a mi cuarto en la casa de mis padres.

Tengo que confesar que hice trampas, y, aunque solté varios, me traje unos cuantos de vuelta. Uno de ellos, que tengo ahora mismo entre manos y que supone una de las lecturas de mi infancia que recuerdo con más cariño, es El ponche mágico, de Michael Ende.

No sé si lo conoceréis. No es tan famoso como La historia interminable ni como Momo, los dos libros de Ende que se han convertido, merecidamente, en lecturas imprescindibles. Pero, para mí, El ponche mágico es mucho más querido que Momo, y me atrevería a decir que más especial que La historia interminable.

Para los que no lo conozcáis, os diré que en las librerías se encuentra frecuentemente con otro título: El ponche de los deseos. El título original, mucho más complejo, es El ponche satanarquiarqueologicavernoso (escribo de memoria, así que puede faltar alguna sílaba en ese galimatías). Para mí es El ponche mágico, porque lo leí, hace ya veintiún años, que se dice pronto, en la edición de SM de la colección El submarino naranja (gracias a ella leí también, entre otros, El pirata Garrapata y Fray Perico en la guerra. Me trajo muy buenos ratos esa colección).
Ponche mágicoLa historia tiene el mismo encanto y la extraña perfección de las demás de Ende. El argumento es maravilloso: en la noche de San Silvestre, la última del año, dos brujos tenebrosos, Belcebú Sarcasmo y Tiranía Vampir, elaboran un ponche de los deseos que les permitirá cumplir en tiempo y forma (es decir, antes de la última campanada del año), con sus obligaciones contractuales con sus jefes de Allá Abajo. A ellos se enfrentan dos espías insólitos enviados por el Consejo de los Animales: el gato Maurizio di Mauro, y el cuervo Jacobo Osadías.

Es una historia breve, que se desarrolla en una carrera frenética en las últimas siete horas de último día del año. Maurizio y Jacobo intentarán, por todos los medios, frenar el poder destructor del ponche, que tiene, además, una característica peculiar: hace realidad exactamente lo contrario de lo que se desea.

Ya a los ocho años me enamoré del argumento y de los personajes (especialmente de ese gato gordiflón y tricolor, Maurizio di Mauro), y hoy, con casi treinta, me parece aún mejor de lo que lo recordaba. Sin la excesiva longitud de La historia interminable (que es perfecta, y la adoro, pero me parece un poco desequilibrada: la primera parte, hasta que Bastian entra en Fantasía, es infinitamente mejor que la segunda), más ligera que Momo, El ponche mágico tiene, como todas las historias de Ende, una profundidad nada reñida con su carácter jovial, divertido, tierno y, en este caso, sarcástico. Os lo recomiendo, de todo corazón, si queréis leer una historia redonda, hermosa, ingeniosa, y con un puntito de trascendencia nada desdeñable.

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