Por favor, señor, queremos más…

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Tras mi reciente lectura de la apasionante biografía de Dickens publicada por Claire Tomalin, y el estreno de la adaptación cinematográfica de la novela basada en su romance con Nellie Ternan, La mujer invisible, recupero el reportaje que publiqué para celebrar el bicentenario de su nacimiento en 2012.

Este reportaje se publicó primero en el número 16 de la revista digital Giant Magazine, en febrero de 2012.

“POR FAVOR, SEÑOR, QUEREMOS MÁS…”

 

El universo literario está de enhorabuena. Charles Dickens, autor de una veintena de novelas, entre las que se encuentran obras maestras de la literatura universal como Oliver Twist, Grandes esperanzas o David Copperfield, cumple doscientos años. Para conmemorarlo y contribuir a los actos de celebración que se suceden en todo el mundo, desde Giant Magazine repasamos su vida y su obra, ambas fuera de lo común, y llenas de acontecimientos extraordinarios.

 

Por Ana de Haro.

 

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, era la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad, la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; todos caminábamos en derechura hacia el Cielo, todos nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo”. El 7 de febrero de 2012 se cumplen doscientos años del nacimiento del autor de esta frase, que constituye uno de los comienzos más celebrados de la literatura universal, y, sin duda, uno de los retratos más certeros de cualquier época: la de la Revolución Francesa, que se retrata en la novela Historia de dos ciudades; del convulso siglo XIX que habitó, en toda su intensidad, el autor; y de la nuestra, y todas las que vendrán. La clave se halla en la precisa pluma y la certera visión de Charles Dickens que, estando tan próximo el bicentenario de su nacimiento, no ha perdido un ápice de su actualidad. Ha ganado, si cabe, nuevos matices, pues el objeto de su obra, la mismísima naturaleza humana en toda su inmensidad y miseria, no pasa jamás de moda.

Una vida dickensiana

De él se ha dicho que es el mejor escritor en lengua inglesa después de Shakespeare, y Chesterton afirmaba que nadie como él había sabido domeñar y plegar a su voluntad, de manera sutil y maestra, ese enrevesado idioma lleno de matices. Y, todo ello, a pesar de que en su infancia sólo recibió educación desde los nueve a los doce años, ya que la problemática situación de su familia le llevó a sufrir numerosas penalidades que, posteriormente, nutrirían sus creaciones literarias. Dickens, tan ligado a su época victoriana que se le considera el máximo representante literario de la misma, es uno de esos raros ejemplos en los que la vida y la obra se entretejen hasta crear un todo inseparable. De sobra conocidas son la andadura periodística de sus primeros años de vida adulta (en los que utilizaba el pseudónimo Boz), o los avatares de su vida sentimental, como su largo matrimonio con Catherine Thomson Hogarth, del que nacerían diez hijos, y el largo affaire que vivió con la actriz Ellen Ternan, a la que doblaba en edad. Fue considerado una figura extravagante ya en vida (como mascota tenía a un cuervo, fue uno de los primeros miembros del Ghost Club, interesado en la investigación de lo paranormal, y en 1865 sobrevivió y se comportó de forma heroica en un accidente de tren). Sin embargo, son sus primeros años los que han pasado a formar parte del imaginario literario universal: ese periodo de la infancia que Dickens retrató siempre como ligado a la mayor de las inocencias y a la mayor de las crueldades. Inolvidables son, para el público, las desventuras de Oliver Twist en el comedor del hospicio (“Por favor, señor, quiero un poco más”), el desnutrido Tiny Tim, los pobres Pip y Estella sometidos a las maquinaciones de la señorita Havisham, o la desgraciada infancia de David Copperfield, separado de su madre por el inmisericorde segundo marido de ésta. Pues, a pesar de las acusaciones de exceso de sentimentalismo que numerosos autores consagrados (por ejemplo, Virginia Woolf y Henry James), han vertido posteriormente sobre él, Dickens siempre se caracterizó por mostrar la crueldad y la sinrazón del mundo en sus víctimas más frecuentes, los niños, de quienes en Grandes esperanzas escribió: “En el pequeño mundo en el que los niños habitan, no hay nada tan finamente percibido y tan agudamente sentido como la injusticia. La injusticia a la que el niño está expuesto puede ser pequeña, pero el niño es pequeño y su mundo es pequeño”.

Tal vez algo de ello viniera de los problemas económicos de su padre, que fue encarcelado por impago de deudas, provocando que la familia entera se trasladara a vivir con él a la cárcel, una práctica nada extraña en la época. A raíz de esto, el propio Charles fue apartado de su familia para vivir en el hospicio de una conocida de la misma, y visitaba a su padre los domingos. Un episodio que se recoge, en todo su patetismo, en el encarcelamiento del señor Micawber en David Copperfield, y en La pequeña Dorrit, ambientada casi por entero en la prisión de Marshalsea, donde John Dickens pasó varios meses: “La mancha de la prisión estaba en todas partes: el aire encerrado, la luz encerrada, la humedad encerrada, los hombres encerrados, todos ellos deteriorados por el confinamiento”. A raíz de todo ello, Dickens fue retirado de la escuela a los doce años, y enviado a trabajar a una fábrica de latas de betún, hecho que le marcaría profundamente.

Así pues, temas muy apegados a la era victoriana, pero fácilmente extrapolables a otros contextos, como la injusticia social, la esclavitud infantil, el sometimiento de los débiles a los fuertes, componen el imaginario de un autor que ha pasado a la historia por configurar un universo en el que la tragedia y la comedia conviven de manera natural. Pero, sobre todo, Dickens es Dickens por haber creado un amplísimo catálogo de personajes y situaciones capaces de aferrarse a la mente de los lectores de manera sólida y situándose siempre al lado de los más desfavorecidos. Por ello, en su obra La era victoriana en la literatura, Chesterton afirma de él que “su arte era la más exquisita de las artes: era el arte de disfrutar de todo el mundo. Dickens, siendo un escritor muy humano, tenía por fuerza que serlo él mismo; […] Sus libros están llenos de villanos desconcertados acechando o de matones cobardes que son arrojados escaleras abajo de una patada”.

El detalle es la vida

En su larga experiencia como autor, Dickens tocó todos los géneros, algunos de los cuales, los menos conocidos, se recuperan ahora en forma de reediciones para el gran público: desde la biografía hasta el folletín (y esa exigencia de las novelas por entregas y la retroalimentación, en forma de correspondencia, por parte de su público lector, determinó de manera decisiva el desarrollo de algunas de sus obras, como en el caso de Grandes esperanzas, originalmente más trágico), pasando por la literatura de viajes y la crónica social. En este sentido, cabe recuperar ahora las reivindicaciones del propio autor, que en el prólogo de Oliver Twist defendía hasta la saciedad la existencia real de los nichos de miseria que él describía, encarnados en la zona suburbial de Jacob’s Island, cuya existencia negaban muchos de sus compatriotas, horrorizados al leer los horrores que describía.

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En Nuestro amigo común, Dickens escribió que “nadie que aligere la carga del mundo para alguien es inútil en él”. Su interés por los más desfavorecidos fue mucho más allá del retrato literario reivindicativo, y en vida el autor fue muy conocido por su filantropía, que le llevó a fundar, en 1846, el Urania Cottage, un refugio para mujeres sin hogar que se encargaba de proporcionarles una educación.

Así, a pesar de sus giros más melodramáticos e increíbles, en sus obras Dickens no perseguía sólo el efecto, sino la veracidad. Y aunque ciertamente puede achacársele cierto maniqueísmo, sus personajes, fueran prostitutas como Nancy, viejos usureros explotadores como Fagin, o ladronzuelos callejeros (pickpockets) como el Truhán (the Artful Dodger, una leve muestra del manejo de la sonoridad y el ingenio en su uso de la lengua), son inmortales. Esa incidencia en las miserias de las capas más bajas de la sociedad ha logrado configurar y difundir lo que se ha venido en llamar “atmósfera dickensiana”, que aúna todo lo dicho: la niebla, los carruajes de la era victoriana, el barro de las calles y aquellos personajes de nombre impronunciable y personalidad tan marcada, junto con cierto aire de delirio y fantasía, como el que se respira en el gabinete de la señorita Havisham de Grandes esperanzas, que detuvo sus particulares tiempo y espacio en el momento en que su prometido la abandonó el altar, convirtiéndose en una figura demacrada en traje de novia; o en la aparición del fantasma de Marley en Canción de Navidad, el primero de todos, amortajado y cubierto de cadenas.

Increíblemente prolífico y prolijo hasta el exceso (“Las pequeñeces constituyen la esencia de la vida”, escribió en alguna ocasión), Dickens murió a los cincuenta y ocho años, y antes de hacerlo pidió ser enterrado discretamente, sin florituras ni grandes honores. Sin embargo, hoy, doscientos años después, descansa en el Rincón de los Poetas de Westminster Abbey, en compañía de Robert Browning, Geoffrey Chaucer y Alfred Tennyson, entre muchos otros. En dos siglos la humanidad apenas ha cambiado, y más allá de los avances tecnológicos, las palabras de este observador concienzudo de la naturaleza humana continúan describiéndonos con precisión y retratándonos con ojo certero, como sucede en algunos de los parlamentos más conocidos de Tiempos difíciles: “¡Oh, mis compañeros y paisanos, los esclavos de una mano de hiero y de un despotismo opresor! ¡Oh, mis amigos y compañeros en el sufrimiento, y compañeros de trabajo, y semejantes! Os digo que la hora ha llegado en la que debemos cerrar filas unos en torno a otros como un poder unido, y reducir a polvo a los opresores que largo tiempo han saqueado el trabajo de nuestras familias, el sudor de nuestras frentes y el trabajo de nuestras manos, la fuerza de nuestros tendones, los gloriosos derechos de la humanidad creados por Dios, y los sagrados y eternos privilegios de la hermandad”. Son palabras que podrían haberse escrito hoy, aunque tal vez no con tanta elegancia. Por ello, doscientos años después de su nacimiento, su voz y los frutos de su imaginación siguen resonando, tan necesarios como siempre, defendiendo al ser humano, imperfecto y falible, capaz siempre de lo peor y de lo mejor. Una necesidad que, de nuevo, Chesterton resume con acierto: “Dickens no se limitó a creer en la hermandad del hombre de la débil forma moderna; él era la hermandad del hombre, y sabía que era una hermandad sustentada en el pecado, tanto como en la aspiración”.

Celebre el bicentenario en casa: Una guía práctica.

En el primer capítulo de David Copperfield, su obra manifiestamente más autobiográfica, Dickens escribió: “Si resultaré ser el héroe de mi propia vida, o si ese honor será encarnado por algún otro, sólo lo mostrarán estas páginas”. Por ello, a pesar de los centenares de actos conmemorativos que el Charles Dickens Museum ha preparado para celebrar el bicentenario, y que pueden consultarse en http://www.dickens2012.org, la mejor manera de celebrar y rendir un homenaje a un gran autor es la más sencilla: leer y releer sus obras más conocidas y recuperar y tal vez descubrir las menos célebres. La industria editorial se ha puesto manos a la obra para proporcionarnos una amplia oferta donde escoger, que a continuación reseñamos brevemente. Además de las múltiples ediciones de Oliver Twist y Grandes esperanzas, las más conocidas en España, es posible encontrar en las estanterías de los comercios numerosas ediciones nuevas de obras como David Copperfield (recuperada por Alba en tapa dura y por Austral en bolsillo), o Los papeles póstumos del club Pickwick (de nuevo en Alba y Austral). Menos conocidas son Nuestro amigo común (que rescata Mondadori), Casa desolada (en RBA), La pequeña Dorrit (en Alba) y Tiempos difíciles, en otra época casi imposible de encontrar y hoy disponible en Alianza, Letras Universales, Austral, etc. Para los más valientes, también es posible encontrar múltiples ediciones en inglés de Bleak House y Hard times, de nuevo, encuadernadas en tela gracias a Penguin Classics. El género de la biografía se ha revitalizado y podemos hallar en el mercado, por mencionar sólo dos de los múltiples ejemplos disponibles, la obra Dickens. El observador solitario, de Peter Ackroyd, y Dickens. A life, de Claire Tomalin. La primera, de Edhasa, es monumental y casi tan prolija como las obras del propio Dickens. La segunda, en inglés, de la mano de la autora que ya estudió la vida de Jane Austen y Mary Wollstonecraft, entre otras, es, según Michael Sims, de The Washington Post, “no la biografía definitiva, pero sí la que hay que leer si uno se plantea leer solamente una”.

Finalmente, un par de joyas: además de las múltiples versiones de Canción de Navidad (o Cuento de Navidad) que podemos encontrar en el mercado, Espasa Clásicos ha editado la novedosa Cuentos de Navidad, que además de la insuperable epopeya nocturna del viejo señor Scrooge, recoge los menos conocidos “El Carillón”, “El sepulturero y los duendes” y “Los siete viajeros pobres”, todos ellos más o menos relacionados con la época del año de la que Dickens realizó el relato más conmovedor hasta la fecha, hasta el punto de hacerse inseparables. También está disponible, en versiones anteriores y algo diferentes, en Edhasa y Gaviota. Por su parte, Páginas de Espuma ha recuperado las Memorias de Joseph Grimaldi, el payaso más famoso de su época, que Dickens escribió con apenas veinticinco años y que los críticos señalan como representativa de su estilo, mezcla de sentimentalismo y grotesca sátira. Clásicos Zeta ha optado por reeditar las Notas de América, sobre uno de sus viajes a Estados Unidos. Nocturna, en su colección Noches blancas, ha recuperado la casi nunca traducida Tienda de antigüedades, y Alba ha editado, por primera vez en español, la desconocida en nuestro país La señora Lirriper, que reúne las aventuras y desventuras que se suceden en la pensión de la protagonista, en una mezcla de suspense, melodrama y terror muy propia del autor británico. Finalmente, para aquellos lectores con alma de coleccionistas, una pieza imprescindible: La edición en tamaño bolsillo y de tapa dura (una empresa que parecía imposible) de The Pickwick Papers que, con motivo del bicentenario, ha editado la Collector’s Library, y que puede adquirirse en algunos establecimientos españoles. Con su cubierta de tela, papel de Biblia y bordes de pan de oro, se trata de un juguete, aun auténtico capricho que ningún amante de la prosa de Dickens debería dejar escapar.

 

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