Sobre el oficio de escribir

Foto2gatos

A veces siento envidia de los talentos ajenos, sobre todo porque son bastante más visibles que los míos. Tengo un par de amigas que, gracias a un sistema educativo bastante laxo, dedicaron su tiempo de niñas a perfeccionar algunos de los suyos: dibujo, danza, canto, piano. Todo cosas que, en un momento dado, se pueden enseñar a las visitas y pueden servir para impresionarlas o entretenerlas. “Mi hija canta estupendamente. Cariño, enséñaselo”. O “¿Has visto el último dbujo de … ¡No deja de sorprendernos! Mi vida, ve a tu cuarto a buscarlo”.

No recuerdo haber escuchado a mis padres decir: “¿Te he contado que Ana ha terminado otro cuento? Echale un vistazo rápido, son sólo treinta y cinco páginas”.

Una de mis talentosas amigas, que vendía sus dibujos en Internet, me dijo muy clarito, a la temprana edad de catorce años: “¿Quién te va a pagar por escribir? Eso no lo compra nadie”.

Bueno, en realidad sí que me pagan por escribir. No tengo un contrato con una editorial (todavía) y mis novelas no se venden en las librerías (aún), pero todos los días me levanto, cojo el coche y voy a una oficina en la que me pagan un sueldo fijo por escribir. Escribo notas y convocatorias de prensa, reportajes para otros medios, contenido para redes sociales, hojas de candidatura para proyectos, resúmenes y contenido para webs, entradas de blog, discursos, presentaciones de producto… No son las novelas que espero producir algún día, pero escribo, y me pagan por ello.

Así que chúpate esa. Sí, tú. Sabes perfectamente quién eres.

En cualquier caso, es cierto que escribir es cualquier cosa menos un oficio glamouroso. Cuando, a los catorce años, decía que quería ser escritora, me imaginaba trabajando en un estudio forrado de estanterías de madera llenas a reventar de libros de lomo de tela, todos enormes, todos leídos, con un precioso escritorio con mis plumas y tinteros, mi máquina de escribir, y, sí, bueno, un ordenador. Me sentaría y las ideas y las palabras brotarían a través de mis dedos sin esfuerzo, porque querer con toda el alma ser capaz de plasmar escenas y situaciones que provocaran un nudo en el estomago a mis lectores por fuerza tenía que ser suficiente, ¿verdad? ¿Verdad? Con quererlo basta…

En realidad, escribo en un escritorio que ni siquiera he elegido. Venía con el piso y de momento no podemos invertir en cambiarlo. Mi mesa está llena de cuadernos y papeles garabateados, está mi lámpara especial, y mis plumas, sí, y mi macbook, tan viejo y cascado que algunas partes (no es broma) se sujetan con fiso. Y, generalmente, mi aspecto es cualquier cosa menos seductor.

Un día de estos tengo que plantearme maquillarme y hacerme un par de fotos “de escritora”, bien iluminadas. Habitualmente escribo en pijama, o en chándal, o en camiseta y ropa interior, toda arrugada, con la melena recogida de cualquier manera en un moño alto y las gafas resbalando por la nariz. Nada que pueda enseñarse. Y es un oficio solitario, agotador, sin resultados inmediatos, difícil de compartir a corto plazo, al menos para mí.

Y aquí estoy, a pesar de todo, enganchada, convencida de que es mejor que cualquier otra cosa. Porque, en serio, ¿qué voy a hacer si no?

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