Por lo que más quieras, deja al perro en paz

Post publicado originalmente el 10 de noviembre de 2013 en el blog conjunto A tres tintas, ya extinto.

Mantengo todo lo que aquí dije.

Hablábamos de un perro… ¿Por qué un perro? Habrá a quien le parezca cursi, tópico o excesivamente simple. No es un tema nuevo. Hay muchos libros sobre perros, y muchos perros literarios famosos, ya hablaremos de ellos en un post no muy lejano. Así pues, ¿por qué mi segunda novela va a tener como protagonista a un perro?

Bueno, los perros son muy importantes en mi vida. Soy, lo que se dice habitualmente, una persona de perros, aunque hace algo más de un año Gato ha irrumpido en mi vida y me ha trastocado un poco el orden de las cosas (para bien: ahora soy una persona de perros y gatos).

Tengo una pequeña manía de la que mis amigos tienden a burlarse. ¿Sabéis ese recurso típico del cine, estadounidense sobre todo, en el que si el malo de turno quiere hacer sufrir al protagonista, hace daño a su perro? Lo hemos visto muchas veces, en ocasiones en grandes películas. Ocurre en El cabo del miedo, por ejemplo. O en Ventana secreta, basada en una novela corta de Stephen King. A veces no es el malo, a veces se trata simplemente un recurso narrativo expresamente diseñado para retorcer las entrañas del espectador, arrancarle el corazón y dejarlo ahí, palpitando en el pasillo del cine, entre palomitas y envoltorios de caramelos. Un ejemplo de esto, absolutamente insoportable para mí, es la versión más reciente de Soy leyenda. En la literatura hay muchos ejemplos. Ahí está De ratones y de hombres. En cualquier caso, el vínculo emocional con el perro es un recurso explotado a todos los niveles, incluso en productos audiovisuales infantiles. ¿Alguien ha visto alguna vez  Snoopy vuelve a casa? ¿No?

O el aclamado capítulo de Futurama, Ladrido jurásico, probablemente de lo mejorcito que se ha visto en televisión en, no sé, las últimas dos décadas. Es uno de los grandes capítulos de la serie.

Pues no lo soporto. No lo aguanto.

En ficción, mata a todos los humanos que quieras, no me importa. ¿Secuestras a la hija del prota? Bueno. ¿Destrozas su casa? Ok, ningún problema. ¿Hay un Apocalipsis zombie o una invasión alienígena y la humanidad está siendo cruelmente diezmada? Qué se le va a hacer. Pero, por lo que más quieras, DEJA AL PERRO EN PAZ.

No puedo con eso.

En este caso, no tengo ni idea de qué vino antes, si mi amor por los perros o mi intolerancia al maltrato, incluso simulado. Supongo que van de la mano. Pero Boatswain tiene algo que ver con todo eso.

Así que sí, Boatswain trata sobre un perro. Un perro que es todos los perros que conozco y he conocido, un perro en el que quiero volcar lo que sé de ellos, lo que he aprendido, lo que me han enseñado.

Ése es mi primer argumento para justificar la escritura, muy necesaria para mí, de Boatswain. Pero hay más.

Tuve un profesor de escritura narrativa que solía repetir que todo escritor que se precie debe escribir sobre la condición humana, observada desde un prisma u otro; que no había otro tema posible. Y que, además, era necesario, antes incluso de escribir, escoger un Tema (así, con mayúsculas), un gran Tema sobre el que trataría la obra, que la recorrería de principio a fin, de forma más o menos evidente, que le daría sentido. No sé si estoy del todo de acuerdo con esto (soy una defensora a ultranza de la capacidad de la literatura para divertir y entretener, y valoro estas cualidades en una obra tanto como su profundidad; creo, de hecho, que el entretenimiento es uno de los grandes vehículos narrativos para Contar Grandes Cosas), pero no se me ocurre un instrumento mejor para hablar sobre la condición humana (o sobre la parte de ella que yo conozco y he experimentado) que a través de los ojos de un perro.  Ahí está mi segundo argumento.

Tengo perros, por supuesto. En mi vida ha habido muchos perros importantes. Algunos míos. Otros, de personas muy cercanas y muy queridas. De, digamos, cinco perros muy importantes, cuatro han sido recogidos de la calle. Hoy por hoy, todos están gorditos, felices y a salvo. Cada uno de ellos ha pasado por circunstancias que varían en su grado de dureza, desde un encontronazo en la calle con un cachorro que no manifiesta signo alguno de maltrato, hasta el animal que aparece demacrado, deshidratado, reducido a un amasijo de huesos con piel cubierta de escaras y ojos enormes. Son historias, todas ellas, con finales o continuaciones felices. Pero son muy pocas, muy poco representativas de lo que sucede hoy en la calle. Hay mucho que decir al respecto.

Ése es mi argumento número tres. Este tema me toca muy personalmente.

Sucede otra cosa: vivo en Sevilla, en Andalucía. La problemática de los galgos es una realidad aquí, que se ve y tiene consecuencias muy reales todos los días, para aquél que sepa dónde mirar. Robados, utilizados para caza y abandonados, se los ve continuamente deambulando en cunetas y carreteras. Además, el año pasado tuve la oportunidad de colaborar muy brevemente como voluntaria en un refugio. Le dediqué menos tiempo del que me hubiera gustado, y menos del que se merecía, pero a causa de circunstancias familiares concretas sigo muy en contacto con la realidad que se respira allí. Unos pocos meses acudiendo semanalmente me pusieron en contacto con un puñado de historias que merece la pena contar, que es necesario contar.

Ése es mi argumento número cuatro.

Hay muchos más. Hoy en día están pasando cosas en nuestras calles, todos los días. Esas llamas aún no se han extinguido del todo, el humo aún se adivina de vez en cuando asomando de las papeleras. Es una realidad. ¿Qué mejor manera de observar lo que está ocurriendo que desde los ojos de alguien que vive en la calle?

Una realidad social muy concreta, una problemática que, desgraciadamente, no está en la agenda social ni preocupa en general a la población, experiencias personales vividas gracias a los animales que me han acompañado y que hoy continúan haciendo mi vida y la de todos los que les rodean mucho, mucho más agradable… todo eso, mezclado y pasado por el tamiz de la ficción y de una estructura narrativa lógica y coherente, es lo que se cuece detrás de Boatswain.

Gracias por leerme,

-Ana.

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